Hay críticas que parecen radicales, pero en realidad funcionan como coartadas para no hacer política. Se presentan como exigencias ideológicas, pero operan como renuncias estratégicas.
Es decir, hay quienes cuidan la definición de una ideología desde el discurso, pero evitan la incomodidad que implica hacer política en la realidad. No buscan transformarla, sino juzgarla desde un ideal; no buscan la transformación del Estado, sino únicamente la denuncia, legítima pero sin fondo.
Bajo esa lógica, gobernar deja de ser una tarea compleja y se convierte en una prueba de pureza: o se encarna una ruptura total, o se es simplemente una simulación. En ese marco, se ha vuelto recurrente una sentencia que cada vez resuena más: Morena no es izquierda. No lo es, dicen, porque no encarna una política abiertamente anticapitalista, porque no adopta una posición revolucionaria o porque no rompe con el orden global, como lo han hecho países como Cuba o Venezuela, marcados además por bloqueos económicos y financieros.
También se le critica por no sostener una postura permanentemente confrontativa.
Pero si uno se detiene en esa afirmación, lo primero que aparece no es su radicalidad, sino su vacío de fondo. Porque cuando se pregunta qué significaría hoy, en un mundo globalizado y atravesado por conflictos, disputar realmente el poder, las respuestas suelen desaparecer. ¿Cuál sería la estrategia concreta? ¿Cómo se construirían las mayorías necesarias para sostener una transformación estructural del Estado mexicano? ¿Qué forma institucional adoptaría esa ruptura? ¿Cómo se enfrentaría la correlación de fuerzas internas y externas en un contexto donde la soberanía está tensionada por el capital financiero, las cadenas globales de valor y el poder militar de las grandes potencias?
Ahí donde debería comenzar la política, muchas veces comienza el silencio, la evasión o la inacción.
En otros casos, se apela a la revolución armada o a la lucha de clases como consigna, como si nombrarlas sustituyera la tarea de organizarlas en la realidad y desde la reestructuración del Estado mexicano. Se invoca la revolución, pero no se explica cómo, cuándo, bajo qué forma ni con qué viabilidad social. Se denuncia el capitalismo, pero no se traza un camino concreto para desmontarlo en condiciones reales o para transitar, en todo caso, hacia un post-capitalismo, como ocurre en modelos económicos que hoy marcan el panorama internacional, como China.
En ese desplazamiento de la estrategia hacia la consigna, la izquierda corre el riesgo de convertirse en una posición moral antes que en una fuerza histórica real.Este debate no ocurre en el vacío. Surge en un contexto de crisis global: tensiones geopolíticas, crisis económicas, debilitamiento de las reglas democráticas y el regreso de doctrinas de influencia como la Monroe. En ese escenario, distintos sectores — particularmente del norte global— buscan experiencias concretas que demuestren que ejercer el poder desde la izquierda no solo es posible, sino eficaz.
Ahí es donde México empieza a aparecer en el radar del mundo. Mientras varios países de América Latina giran hacia la derecha, México se sostiene como un referente de izquierda. Una izquierda que no parte de la consigna, sino de la acción: una apuesta por desmontar el neoliberalismo mediante políticas públicas que revierten décadas de desmantelamiento del Estado. La recuperación de la rectoría del Estado en sectores estratégicos como energía, petróleo, infraestructura, gas, agua y telecomunicaciones, junto con la expansión de derechos sociales a través de programas entendidos como derechos y no como dádivas, son ejemplos concretos de ello.
No se trata de propaganda, sino de hechos que, en otros contextos, serían leídos sin ambigüedad como políticas de izquierda. Sin embargo, en ciertos sectores militantes, estos procesos se desestiman por no cumplir con un estándar previo de radicalidad o por no romper completamente con el orden global.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿el problema está en la realidad o en el marco teórico desde el cual se evalúa?
El punto clave es que esta transformación no puede pensarse al margen de las instituciones. Debe entenderse desde un socialismo democrático: no como una ruptura instantánea idealizada, sino como un proceso de democratización material que pasa necesariamente por la disputa del Estado. Aquí aparece una tensión que suele evadirse: la diferencia entre una política de la pureza y una política de transformación. La primera semide por su coherencia interna; la segunda, por su capacidad de modificar la realidad. La primera denuncia; la segunda interviene.
Yo soy de la izquierda que interviene, que transforma, no de la que se refugia en marcos teóricos o morales sin incidencia real. Esto no implica negar los límites, sino comprender que el poder no se ejerce en el vacío, sino en un campo de tensiones donde cada avance es una disputa.
Decir que Morena no es de izquierda porque no ha abolido el capitalismo puede sonar radical, pero también puede ser una forma de no entender el momento histórico. La experiencia mexicana, con todas sus tensiones, está ensayando una respuesta no perfecta ni definitiva, pero sí material. Está demostrando que es posible reconstruir capacidades públicas, ampliar derechos y sostener legitimidad política. Que la izquierda puede gobernar sin disolverse y transformarse sin colapsar.¿Es suficiente? No. ¿Es contradictorio? Tal vez. Pero es política real.
Y ahí está el punto que incomoda: entre la imperfección que transforma y la pureza que no actúa, la historia rara vez duda. Porque al final, la izquierda no se define por lo que dice ser, sino por lo que es capaz de cambiar. En ese terreno no importan las definiciones, sino el riesgo de intervenir.
En ese sentido, prefiero una política que actúe y transforme, antes que una que se limite a criticar desde un horizonte moral sin consecuencias. Prefiero una izquierda que asuma la complejidad del poder y se atreva a ejercerlo.
Y ahí está el punto central de todo este debate: no se trata de decidir quién tiene la definición más pura de izquierda, sino quién es capaz de convertir esa idea en realidad concreta. Porque una izquierda que no gobierna, que no construye mayorías y que no transforma instituciones, puede ser coherente en el discurso, pero es irrelevante en la historia.
Bajo esa lógica, la experiencia mexicana no es una desviación de la izquierda, sino una de sus formas posibles en el siglo XXI: una izquierda que, con límites y contradicciones, disputa el poder, amplía derechos y reconstruye al Estado desde dentro.
Por eso, el problema no es que Morena no encaje en ciertos marcos teóricos rígidos, sino que esos marcos muchas veces no alcanzan para explicar la complejidad del presente.
En este contexto, más que negar su carácter, lo que corresponde es entender su papel:
Morena es, en los hechos, un gobierno progresista con orientación hacia la izquierda, que ha optado por la transformación desde la acción y no desde la consigna.

