En la penumbra de la madrugada, cuando el reloj marcaba las cuatro, el cielo de la nación hermana de Venezuela no fue iluminado por el sol, sino por el fuego de las bombas.
En nombre de una «democracia» dictada desde el norte, los Estados Unidos han vuelto a ejercer su papel de gendarme del mundo, interviniendo militarmente y pretendiendo la captura del Presidente y su esposa. Este acto no es solo una agresión a un país; es una herida abierta en el costado de la humanidad y un desprecio absoluto por la vida de los pueblos inocentes.
No nos engañemos con retóricas de libertad. Debemos preguntarnos, desde la profundidad de nuestra historia latinoamericana: ¿Cuál es la verdadera naturaleza de este estallido? ¿Es altruismo o es la vieja pulsión del saqueo disfrazada de justicia? La historia, esa maestra que no perdona, nos ha enseñado que el poder del norte no libera pueblos para que sean dueños de su destino, sino para que sean peones de su tablero geopolítico.
El Precedente del Caos
La invasión de Irak en 2003 y el desmembramiento de Libia en 2011 son espejos donde hoy se refleja Venezuela. Allí, la fuerza militar se usó para derribar gobiernos sin reglas, ignorando que la soberanía es el último refugio de la libertad de los pueblos.
¿Por qué Venezuela habría de ser la excepción en esta coreografía del despojo? Si el derecho internacional prohíbe la fuerza, no es por ceguera ante la injusticia, sino porque comprende que, si permitimos que el mundo se rija por la «ley del más fuerte», regresamos a la barbarie donde la vida no vale nada.
Aquí no se trata solo de un nombre o un dirigente. Se trata del precedente: cuando la legalidad se rompe en nombre del «bien», lo que florece no es la democracia, sino un desierto de violencia y nuevas víctimas. Sacar a un mandatario con misiles es un ejercicio de física; construir justicia social después de la pólvora es una tarea que las bombas siempre terminan por destruir.
El Efecto Dominó de la Fuerza
Si el gobierno de Trump puede secuestrar a un mandatario sin consecuencias, se rompe el dique que contiene las ambiciones globales. El silencio de hoy es el permiso para que otros poderes, en otros continentes, apliquen la misma lógica selectiva. Cuando la soberanía y la no injerencia dejan de ser normas universales para convertirse en excusas moldeables, el derecho muere y nace el imperio del miedo.
Un Llamado a la Historia
Respaldamos con firmeza la postura de México ante este hecho lamentable. Es un imperativo ético defender la soberanía, no como un concepto jurídico abstracto, sino como la garantía de que mañana no seremos nosotros, o Cuba, o Colombia, quienes amanezcamos bajo la sombra de la Democracia

